Barry. «En el lugar de las cosas»

Cuando era pequeño, en mi casa teníamos la costumbre de, cada tantos meses, “darle vuelta a la casa”.

Cambiábamos de lugar los muebles, los sillones, los adornos y todo lo que había, y recuerdo que me encantaba esa sensación de que había algo nuevo, de que las cosas eran diferentes, que cambiaban, que no se estancaban.

Todavía no logro descifrar si aquella sensación era solo una señal de que me convertiría en una persona con la absoluta necesidad de que todo fluya, se mueva, cambie, que evolucione, o que aquella costumbre de “darle vuelta a la casa” fue la culpable de mi horrorosa ansiedad ante la monotonía.

Hoy, he vivido en más de 14 casas y apartamentos diferentes y no puedo ni contar cuantas veces moví las cosas de lugar. Desde hace un par de años lo tengo controlado, al menos para poder quedarme en un mismo espacio por años sin caer en el abismo de la ansiedad. Bueno, eso creía, hasta que llegó la pandemia.

Ha pasado mes y medio y se ha sentido como más de un año. Ya puse mi cama en los dos cuartos de la casa y la coloqué sobre cada unas de sus cuatro paredes. Puse el sofá frente al tele, los sillones pequeños frente al tele, ¡el tele frente al otro tele! Puse el librero al lado del inodoro, antes de eso en la cocina, en el cuarto, en el pasillo, en el patio, en el garaje del vecino.

Ya hice todos los cambios y todas las combinaciones posibles.

Y cuando siento que caigo en la monotonía, me empiezo a desesperar y me dan ganas de salir, de ver otros lugares, ver otras casas, ver otras gentes. Ver y ver y ver todo diferente por un rato.

Si antes me daba ansiedad, podía salir, ¡pero ya no se puede!

Muchas personas sacaron su mejores talentos y cualidades para ayudar a otros a quedarse en casa entretenidos mientras todo pasaba. Dieron cursos en línea, conciertos desde sus casas, fiestas en zoom. Entonces yo traté de hacer lo mismo.

Una de mis cualidades, que he comprobado que puede ayudar a otras personas, es mi capacidad de lograr que otros se sientan acompañadas. Lo hago a través de la empatía.

Ponerse “en el lugar de los demás”, como dicen.

Entonces adelanté varios episodios de mi podcast, lancé especiales, hice reuniones en zoom.

Hice todo lo que pude.

Y además de acompañar a otros, mantuve mi cabeza distraída de que la casa se veía igual todos los días.

Que la rutina era igual todos los días.

Que todos los días eran iguales todos los días.

Todo iba bien hasta que hace un par de días caí en cuenta de que, como pocas veces ha pasado en el mundo, no importa en qué parte del él estés, o el tipo de vida que tengás, todos en este momento estamos pasando por lo mismo. ¡Lo mismo! No solo no se puede salir, ¡todo allá afuera es igual en este momento!

Todos allá afuera están dentro de sus casas, desesperados por salir.

Todo allá afuera es igual. Todos. Los. Días.

No pude más.

Desde entonces, empecé a mover la casa otra vez. Y me moví con ella.

En vez de ponerme “en el lugar de la gente”, me puse en el lugar de mis cosas.

Un día me puse en el lugar del sofá, y fui el sofá. Otro día fui la lámpara, otro un par de medias enrolladas, la cama de la gata, un control del play, el cobertor del celular y una celosía de la ventana del frente.

Hoy, fui la plantilla de gas y cociné un huevo con el sartén en mi cabeza, que se calentó con la fricción de mis pensamientos que dan vuelta y vuelta.

Y mientras el huevo se freía, recordé que hay algo que hacen todos, todos los días: ver la conferencia de prensa del Ministerio de Salud.

Así que decidí que mañana voy a ser el tele. Y en las noticias del mediodía anunciaré el fin de la pandemia. Todos lo van a ver y van a salir, van a caminar por la calle, van a ir a otras casas y todo volverá a ser diferente.

Igual que antes.

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